Querida amiga:

Has vuelto a aparecer en mi vida, como tantas otras veces antes. No siempre lo hiciste revestida de la misma “cobertura”. Unas veces fuiste hombre y otras mujer. A veces, resultaste familiar y otras, desconocida. Hubo ocasiones en que me buscaste, mientras que otras veces fui yo detrás de ti. Pero siempre mantuviste tu esencia, esa que es capaz de revolver mis emociones, justo en esos momentos en los que creo tenerlas ya bajo control o, incluso, superadas. Esa esencia que hace que me plantee cuestiones vitales como la manipulación, la entrega, la necesidad, la autovaloración o las prioridades propias y ajenas.

No es la primera vez que detecto en ti eso que tanto daño me hace y de lo que, sin embargo, tanto me cuesta separarme. Tal vez sea porque suelo disfrazarlo de afecto cuando sólo es un apego, o porque mi orgullo puede más que mi conciencia de la situación. Sabes de sobra lo difíciles que me resultan desde siempre las relaciones afectivas y lo mal que identifico las emociones. Puede que eso también sea parte del problema.

Otro factor que se repite es el sentido de “la justicia”, aquello que tú y yo entendemos de diferente manera porque es un concepto humano y, por tanto, subjetivo. Tú entiendes “justo” exigir a los demás en la medida en la que crees dar, pero no crees justo el “equilibrio de fuerzas” que se manifiestan cuando alguien te da algo que no esperas o no valoras como un bien recibido sólo porque no es exactamente lo que tú pides, buscas o necesitas.

Eres esa energía que despierta en mí la necesidad de intentar hacerte entender mi postura, en un giro adicional de mi estúpido orgullo, al tiempo que me dices que te hago sufrir si lo hago y que debo dejarte en paz, sin darme opción a una reconciliación.

Todo termina siendo, únicamente, una lucha de egos en la que nuestros corazones terminan malparados junto con una larga historia de afecto sincero y momentos compartidos, llenos de alegrías y tristezas, según los casos.

Ahora, vuelvo a sentir la soledad del vacío que me dejas.

Pero estoy segura de que más adelante volverás a aparecer y te reconoceré (puede que tarde). Volveré a darte lo mejor y lo peor de mí. Volverás a hacerte imprescindible en mi vida.

Y, finalmente, volveremos a dejarnos libres para recorrer otros caminos y otras relaciones, con las que continuar nuestro aprendizaje como seres humanos.

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