Multitud

Nos creemos multitud, diferentes, incluso extraños a veces. Nos han convencido de que los seres humanos y su entorno conforman una diversidad y se componen de fragmentos distinguibles que poco o nada tienen que ver los unos con los otros.

Nos quedamos mirando la superficie sin escarbar, sin rebuscar, sin pararnos a distinguir en qué consisten nuestras diferencias. Y surge lo inevitable: la discriminación, el rechazo y el creerse más o mejor por ser “distinto” en algo.

Mirando la foto de este arbusto, pienso en lo estúpido que es el género humano. Estúpido no por incapaz, sino por negarse a mirar la verdad de frente y con sencillez.

El arbusto me sirve de metáfora sobre la Humanidad y me recuerda que todo en este planeta y sus alrededores, todo lo que conforma lo que tradicionalmente se ha denominado “La Creación”, no son más que las hojas, las ramas, el tronco o las raíces de un ente completo en el que se unifican (y del que dependen) todas esas pequeñas partes que se creen independientes.

Como si fueran las hojas de un arbusto, un hombre o una mujer que se centra en su propia persona, en su existencia y su pensamiento, corre el riesgo de terminar pensando que el mundo gira a su alrededor o de sentirse solitario en un universo en el que todo lo demás está en un nivel inferior, más oscuro y escondido.

Si lo equiparamos a una rama o a una raíz, el ser humano puede sentirse distinto, solitario y extraño, creyéndose inferior a otros que parecen estar “mas arriba”, y puede desear dejar de ser rama para convertirse en hoja, ignorando su propia esencia y su función, vital para el conjunto del arbusto.

¿Y qué decir de las raíces? El elemento sustentador del conjunto vive en el subsuelo, en un mundo de oscuridad permanente, completamente ajeno a los otros planos de existencia, desconocedor del viento y el sol.

Los seres humanos podemos vivir en la más absoluta oscuridad o jugar con la lluvia y los insectos y los pájaros, pero nunca dejaremos de ser una parte de un Todo en el que, a pesar de lo que pueda parecer, convivimos de forma armónica (armonía no siempre significa paz y amor permanentes) y nos desarrollamos según nuestras capacidades y cometidos, tanto si nos gusta como si no.

Observemos La Vida como ese Todo inconmensurable que Es, con nuestro propósito o sin él, y disfrutemos de Ella sabiendo que se nos ofrece incondicionalmente.

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