De lo visible y lo invisible

Camino por el sendero que transcurre junto al río. Es media tarde y el anochecer se acerca vertiginoso entre las nubes que, orgullosas, se empecinan en impedir que el Sol nos bañe con sus últimos rayos de hoy.

Mientras paseo, observo mi entorno más cercano: hay unos patos en el río, silenciosos, viviendo su vida sin preocupaciones; alguna que otra barca solitaria, aburrida y casi hasta suplicando que alguien la utilice; y árboles, muchos árboles protegiendo la vereda ya sea de los implacables rayos del sol o de la repentina lluvia veraniega, pero eso a ellos les da igual porque simplemente se dedican a lo que mejor saben hacer, que no es otra cosa que ser árboles.

De vuelta a casa reparo en la valla que separa el camino del río y la calle adyacente. Y ahí, entre dos troncos, la veo. Es una telaraña prácticamente invisible y sorprendentemente bella. Siempre me ha maravillado la habilidad de las arañas para tejer sus telas y hacer que siempre sean obras llenas de delicada hermosura, indiferentemente de la variedad, el clima o el entorno en el que habiten. Y, sin embargo, a su nivel, son fuertes estructuras de las que una presa difícilmente llega a escapar.

Durante el paseo, a pesar de la compañía (o tal vez gracias a ella), mis pensamientos vuelan. Llegan a la telaraña, la atraviesan y se transforman en parte de ella y la telaraña me transmite parte de su esencia, parte de la sabiduría intrínseca a todo ser viviente y su experiencia. Puedo ver cómo la vida es simple, bella, frágil y poderosa al mismo tiempo.

Siento que nos perdemos muchas cosas cuando no observamos más allá de las simples apariencias y nos impedimos acercarnos a los otros y compartir sus emociones, sus pensamientos o sus vivencias.

Recuerdo muchas películas en las que los abuelos, sentados en su sillón, relatan sus vidas y milagros a los nietos que, atentos, se arremolinan a sus pies. Yo apenas tuve esa experiencia, tal vez porque mis abuelos no fueron muy dados a narrar sus historias o tal vez porque yo no insistí lo suficiente como para obtener las tan ansiadas largas historias como respuesta. Lo único que conseguí las veces que lo intenté, en su lugar, fueron unas pequeñas reseñas de acontecimientos puntuales, lo suficiente como para que les dejara en paz y poder seguir con sus trabajos y sus cosas.

Afortunadamente, sí tuve la suerte de contar con otras figuras que me contaron experiencias terribles de la Guerra Civil y la posguerra, puede que como parte de una necesaria reconciliación con aquel pasado y sus fantasmas que, sin duda alguna, debieron acompañarles hasta su último suspiro. Otras personas me hablaron de viajes, de novios, de sueños, y todas esas historias, grandes y pequeñas, encontraron su rincón en alguna parte de mi interior.

Poco a poco pasan los años, cada vez más rápidos, y, aunque no soy abuela ni creo que vaya a serlo en mucho tiempo (quién sabe), siento que va llegando el momento de contar mis propias experiencias y reflexiones a los que vienen detrás.

Yo no tengo historias de hambre, de bombardeos o de prisiones que contar pero creo que, como Sherezade, necesito escribir y contar mis pequeñas historias para sobrevivir y hacer visible lo que, tal vez, sea invisible a ojos ajenos o, incluso, lo que es invisible a mis propios ojos hasta que toma forma escrita.

Como dijo el sabio, la verdad es invisible a los ojos y, añado de mi propia cosecha, que siempre podemos trabajar y esforzarnos para descubrirla con los ojos del alma.

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