La niña amapola

La niña no era demasiado grande ni demasiado pequeña. Tenía esa edad justa en la que los adultos aún respetaban sus juegos, sus amigos imaginarios y sus sueños, así que no podía pensar que el mundo fuera de otro modo distinto al que ella experimentaba.

La niña se había creado un mundo en el que podía cambiar su cuerpo a capricho. Podía hacerse pequeña, tan pequeña como para jugar con los granos de la arena de la playa y los diminutos insectos, o grande, tan grande como para alcanzar las nubes con sus dedos y observar a las personas como si fueran hormiguitas. También podía hacerse fuerte y robusta como una montaña o frágil y ligera como una pluma.

Gracias a estas capacidades que tenía en su mundo, disfrutaba de privilegios que los adultos nunca podrían alcanzar, como era saborear el olor de las gotas del rocío que se quedaban atrapadas entre los pétalos de las flores, observar la sonrisa de una mariposa, escuchar cómo canta un coro de luciérnagas o nadar entre ballenas y delfines.

Un día, mientras jugaba en el jardín de su casa, la niña escuchó un murmullo, pero no le hizo mucho caso y continuó con su juego. Unos días después, volvió a escuchar el murmullo, pero esta vez más fuerte y definido, aunque seguía sin entenderlo y volvió a ignorarlo.

La tercera vez, el murmullo se había convertido en una conversación entre voces que la niña conocía bien, así que atendió. Eran su madre y su abuela comentando cuánto les preocupaba la desbordante imaginación de la niña. Aseguraban que era “muy rara” y que no les extrañaba que el resto de los niños y las niñas del barrio apenas se acercaran a jugar con ella.

La niña no entendía por qué se preocupaban. Ella era feliz, posiblemente mucho más feliz que todos esos niños y niñas de los que hablaban, porque ninguno sabía ni hacía lo que ella.

Entonces se dio cuenta de que su madre y su abuela tampoco sabían y, con su dulce inocencia, quiso explicarles cómo hacía para cambiar de forma, de tamaño y de constitución, quiso compartir con ellas las maravillas de la vida en la Tierra que no podrían conocer de otro modo…

Pero, para su desconcierto, las dos mujeres empezaron a mirarla con incredulidad al principio y después con desconfianza, terminando por llevársela a la fuerza, muy enfadadas y gritándole. La niña no sabía qué ocurría y estaba a punto de comenzar a llorar cuando se le acercó una abeja que le susurró al oído: “no sufras, niña, simplemente haz lo que mejor sabes hacer: cambiar tu cuerpo de forma y tamaño”.

La cara de la niña se iluminó. Se zafó de su madre y su abuela y salió corriendo. Cuando vio que se había alejado lo suficiente, comprobó que estaba en la orilla de un camino que llevaba a la ermita del pueblo y que había infinidad de flores silvestres por todo el paisaje. Se fijó en una amapola, la flor que siempre le había gustado más que ninguna otra. Y, viendo que las mujeres se acercaban rápidamente, decidió convertirse en una amapola más de ese campo que tanto le gustaba.

Nadie pudo encontrarla a pesar de que la buscaron durante muchos días. En realidad, nunca más se supo de la niña y alguien, incluso, inventó una atrocidad sobre su muerte y llegó a asegurar que había visto su fantasma en una luminosa noche de luna llena.

La niña nunca volvió a su forma humana pero permaneció cerca de su gente, observándoles vivir sus vidas al tiempo que ella era viento, nube, árbol o río, según le dictara su alma en cada momento.

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