Palabras

Cuando uno llega a este mundo no necesita palabras, todo es empatía y algún que otro llanto. En un hogar normal en el que haya un poco de amor por el recién llegado, todo suele ir sobre ruedas, si acaso, con algún pequeño susto fácilmente solucionable, pero esos primeros meses o años, la comunicación entre el bebé y su entorno sobrevive con apenas un puñado de palabras.

Pero la palabra, tanto hablada como escrita, es la base de nuestra civilización  por lo que, de un modo u otro, los adultos nos las apañamos para que nuestros retoños aprendan a manejar nuestro mismo código de comunicación. Y luego, pasado un tiempo, lo complicamos un poco más con aquello de que “los idiomas abren puertas y son fundamentales para encontrar trabajo”. Así que apuramos y procuramos que aprendan al menos un idioma adicional al materno.

Cuando yo era niña no me vi libre de estas circunstancias y lo cierto es que me resultaba divertido repetir palabras, ya fueran en español (o castellano, según quien lea ésto) o inglés, que fue el idioma que impartían en el colegio elegido por mis progenitores para mi formación.

Y así, yo bailaba, jugaba o cantaba mientras recitaba las palabras aunque no formaran una frase inteligible. Es más, lo normal era que no tuvieran sentido. Lo que me fascinaba era repetirlas, a veces muy lentamente, pronunciando los fonemas hasta desintegrar la palabra. Entonces, mis pensamientos volaban con los sonidos y las letras, tratando de imaginar de dónde venían, si serían de algún país lejano y si allí, tal vez, tendrían un significado desconocido para mí.

Sentía que las palabras llevaban música incorporada y tenían vida propia, algo parecido a lo que ocurre en aquella película de Richard Gere en la que la niña es capaz de deletrear las palabras más complejas porque las ve brillar delante suyo y le transmiten su significado con imágenes.

Es lo que los antiguos maestros cabalistas explicaban sobre la Creación. Ellos afirmaban que Dios, manifestado a través de Su Verbo, había creado las letras del alefato (el alfabeto hebreo) esculpiendo y grabando cada una de ellas, dándoles vida para que fueran su intrumento con el que materializar la Creación y para que luego, cuando el hombre las utilizase, proveyera de vida a las cosas que él mismos crease y sus palabras no fueran vanas.

De ser ésto cierto, las palabras serían un arma poderosa, posiblemente el arma más poderosa que cualquier ser humano pudiera esgrimir jamás y que podríamos utilizar para construir o para destruir cualquier cosa.

Pero hemos perdido este conocimiento, al menos en parte, y lo normal es que utilicemos palabras vacías, carcasas disfrazadas de palabras que volcamos sin parar desde nuestra inconsciencia, aveces disfrazadas de amabilidad, a veces de desprecio.

Pero, en el fondo, sabemos que nuestras palabras están huecas y nos esforzamos por darles un sentido que nunca tendrán… ¿O tal vez sí?

Ya que hemos perdido la sabiduría que permitía a los humanos disponer de la energía de las cosas a través de las palabra, siempre nos quedará la esperanza de que seamos capaces de poner nuestro alma en un “te amo”, por ejemplo.

Como diría mi madre, a falta de pan, buenas son tortas.

 

 

2 comentarios sobre “Palabras

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  1. Linda reflexión Alma. Parece que no es tanto el sentido, la esperanza de que las palabras lo tengan, sino que transmitan, atravesando lo hueco y el ruido.
    Saludos cordiales.

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