Cambios y mudanzas

Hace mucho tiempo leí un proverbio, creo que es chino, que dice algo así como que “lo único inmutable en la vida es su mutabilidad”.

Me consta que hay personas que apenas experimentan cambios en sus vidas, apenas salen del barrio o de la localidad en la que nacieron, conservan sus amistades de la infancia para siempre, forman una familia con su primer y único amor, etc. Otros, sin embargo, viven en una especie de “cresta de la ola” permanente. Viajan de acá para allá sin sentirse pertenecientes a ningún lugar, hacen amigos allá por donde van y, en algunos casos, los olvidan con igual facilidad, detestan o simplemente no se plantean la posibilidad de formar una familia y buscan tener lo que algunos llaman “libertad”.

Yo me considero del montón, un punto intermedio que, a estas alturas y después de haber vivido algunos cambios, estoy preparada para uno nuevo, en este caso de domicilio. Y sí, me da mucha pereza eso de la mudanza, deshacer y rehacer, desmontar y montar de nuevo, pero las motivaciones y las expectativas que se me presentan tienen tanto peso que le restan importancia a todas las molestias que puedan surgir.

Mi mudanza se debe a pura necesidad (vital y económica) y esta situación me hace pensar, sin ánimo de comparar porque es incomparable, en todas esas personas que en cierto momento de su vida tienen que dejarlo todo y lanzarse a la aventura porque la única alternativa es la muerte. Me refiero a los refugiados sirios, a los africanos que tratan de llegar a Europa en pateras, a los sudamericanos que intentan entrar en Estados Unidos, a las mareas de europeos que emigraron a otros continentes huyendo de la miseria que asolaba a Europa no hace tanto tiempo, y a tantos otros cuyas situaciones nunca conoceremos.

Me refiero a todos esos seres humanos que en algún momento de la historia se han visto obligados a salir de sus casas con lo puesto o poco más, dejando sus raíces, sus familias, lo poco o lo mucho que poseían, incluso su identidad. Todos aquellos que, más que sentirse ciudadanos del mundo, pueden sentirse ciudadanos de ninguna parte porque en ningún sitio se les permite vivir…

O tal vez debería mejor decir que los otros seres humanos, esos que tenemos un hogar, una familia, un trabajo, un Estado que nos ofrece cierta seguridad y nos permite, cuando menos, vivir (o malvivir, según los casos), no les permitimos vivir ni sentirse parte de nuestra especie. Nuestros gobernantes tienen demasiado miedo, demasiado egoísmo y demasiado orgullo como para hacer lo que es correcto, y los gobernados creemos que no tenemos capacidad para obrar por nosotros mismos y sin su consentimiento.

Dicen que el pensamiento creativo apoyado por la fuerza del corazón es el “arma” más poderosa del ser humano. Comprobémoslo por nosotros mismos dedicando unos minutos al día para imaginar el mundo en el que realmente queremos vivir y, si  a raíz de eso, sentimos la necesidad profunda y honesta de hacer algo para conseguirlo… ¡hagámoslo!

Foto: http://www.elmundo.es/internacional/2015/02/03/54d0b46222601df24c8b457a.html

 

 

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