El soldado

Existió en tiempos inmemoriales un hombre que se forjó fama de valiente y feroz guerrero, luchando durante largos años contra los terribles enemigos que trataban de invadir su país. Se había alistado en el ejército algún tiempo después de que, siendo casi un niño, toda su familia fuera asesinada por unos invasores. Él consiguió salvarse gracias a que, poco antes, había comenzado a trabajar de aprendiz en el taller del herrero, donde también dormía, y que se encontraba en el interior del recinto amurallado de la población.

Con el paso del tiempo, el profundo dolor se convirtió en rabia y estos sentimientos le acompañaban cuando saltaba al campo de batalla. Todos creían ver en él arrojo, ímpetu y temeridad, lo cual le hizo ganar honores y fama como gran soldado y hombre valiente donde los hubiera.

Fueron pasando los años, el niño se hizo joven y el joven se convirtió en adulto pero, a pesar de ocultarlo ante los demás, en su interior permanecía sin sanar el dolor por el asesinato de su familia.

Un día, mientras patrullaba por las callejuelas de una ciudad fronteriza con un país con el que se esperaba entrar en guerra de forma inminente, le llamó la atención un grupo de niños que jugaban despreocupadamente, inconscientes del peligro que les acechaba. De repente, la pelota de trapo con la que jugaban los niños, fue a dar contra la cabeza del soldado. Uno de los niños se acercó para recuperarla y el soldado, perplejo, le preguntó “¿porqué no estáis en vuestras casas? ¿Acaso no conocen vuestros padres el peligro que acecha a la ciudad? Los enemigos están apunto de atacarnos y vosotros aquí, como si nada…” Pero el niño le respondió con toda sinceridad “por eso jugamos y tratamos de disfrutar lo máximo que podemos, señor, por si mañana no pudiéramos hacerlo”.

El soldado se quedó sin palabras mientras el niño volvía con sus compañeros de juego, riendo y saltando, con una mirada que reflejaba sorpresa y reflexión a partes iguales. Pasados unos instantes, tomó de nuevo sus armas y se marchó en silencio, con la intención de reunirse con su ejército.

Por el camino continuó pensando en las palabras y la actitud del niño al tiempo que comparaba con las suyas propias y, poco a poco, se fue dando cuenta de que ya no recordaba cuánto tiempo había pasado desde que él mismo pensara de la misma manera. Con tristeza, reconoció que se había convertido en un hombre sin sueños, sin esperanza y sin alegría desde antes siquiera de comenzar a vivir y que, a pesar de toda su experiencia como soldado, desde la muerte de sus padres y hermanos nunca había disfrutado un sólo momento de placer, tranquilidad o amor.

Al día siguiente, iniciada ya la guerra que se había anunciado, el soldado luchó como siempre: con coraje, determinación e inteligencia. Sin embargo, esta batalla era diferente. Sus brazos y sus piernas, su cuerpo entero, respondía como un autómata mientras que su mente pensaba en los soldados enemigos que había matado a lo largo de los años y en sus propios compañeros caídos en las diferentes batallas. Y en esos momentos fue consciente del dolor de sus familias al conocer sus muertes, de sus sueños rotos, de tantas vidas malgastadas por guerras sin sentido que sólo podían beneficiar a unos pocos interesados.

Al terminar la batalla, ante la sorpresa de sus compañeros supervivientes que acudían a felicitarle por su valerosa actuación, el soldado se marchó en silencio y con una mirada extraña. Iba con un pensamiento fijo: encontrar al niño del día anterior.

Y lo encontró en el mismo lugar, jugando y riendo con los otros niños, como si nada hubiera pasado. El soldado sintió que una emoción que apenas recordaba comenzaba a embargarle y, mientras miraba al cielo tratando de retener unas furiosas lágrimas de felicidad que amenazaban con inundar su rostro, sintió que algo rodeaba su cintura. Al bajar la mirada, pudo ver al niño, que le abrazaba con muestras de alegría.

Él se arrodilló para abrazar, a su vez, a aquel niño y sintió que un calor muy especial abrasaba su pecho. En ese mismo instante supo que su lucha había terminado, porque ya no tenía sentido.

 

Foto de: http://wwwpensamientosdelavida.blogspot.com.es/

 

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