Decisiones vitales

Aunque con el paso de los años nos da la impresión de que se nos va en un suspiro, la vida da para mucho: hay momentos en los que te sientes el rey o la reina del mundo y otros en los que desearías no haber nacido. Y entre medias, todo un abanico de situaciones externas, experiencias personales y decisiones que tienes que asumir y de las cuales depende tu futuro y, a veces, también el de los tuyos.

La última decisión importante que tuve que afrontar fue la de dejar mi trabajo. Muchos opinaron (y algunos aún lo creen) que estaba loca y que no apreciaba el valor de un sueldo fijo a final de mes. Pero yo sabía que hacía lo correcto y todavía hoy, casi un año después, me alegro de haber tomado una determinación tan difícil.

Y el caso es que yo sabía desde hacía mucho tiempo lo que tenía que hacer, pero me resistía… o más bien, mi ego se resistía y me mantenía supeditada a un trabajo que ni me satisfacía ni me ofrecía oportunidades de mejorar, ya fuera a nivel laboral o personal. Ese ego estaba formado por unos cuanto miedos: miedo al qué dirán, miedo a qué ocurrirá si las cosas no van bien y me quedo sin recursos económicos, miedo a defraudar a mis seres queridos, miedo al abandono por no cumplir sus expectativas, etc.

El miedo es una energía paralizante y así estaba yo, paralizada desde hacía más de dos años, pidiendo a los cielos que me facilitaran el cambio, una mejora laboral y/o económica y, con ello, una oportunidad de demostrarme a mí misma que valía mucho más de lo que esa situación parecía demostrar.

Y ocurrió. Se presentó una situación (siempre pasa algo así) por la que me vi entre la espada y la pared, con la obligación de decidir entre seguir sometida y humillada o arriesgarme a cambiar lo que realmente estaba en mi mano y seguir mi propio camino.

Fue un momento de “crisis” en el que me vi sola, teniendo que asumir responsabilidades que no me correspondían y que nunca serían valoradas porque, simplemente, “yo estaba ahí para hacer lo que se me dijera que tenía que hacer aunque no fuera mi cometido”, según me dijeron. Me sentí humillada, menospreciada y vapuleada por aquellos que debían apoyarme y ayudarme a salir del agujero en el que estaba, y exploté.

El que por entonces era mi jefe pensó que mi reacción, cuando me negué a seguir con esa situación, había sido una pataleta y me recomendó que lo pensara con la cabeza fría porque, según me dijo, “con la cabeza caliente, a veces uno toma decisiones de las que luego puede arrepentirse”. Él no sabía que sólo había estallado lo que llevaba mucho tiempo meditando, pero aún así le dije que lo pensaría un poco más tranquilamente.

Así que dos días después, tras darle muchas vueltas a la cabeza sin encontrar la solución que necesitaba, paré un momento los pensamientos mientras iba en el metro camino del trabajo. Dejé que mi mente se centrara en lo que el corazón sentía ¡y se hizo la luz! En ese momento supe, con toda certeza, que ese no era mi lugar, que debía dejar mi puesto a otra persona que pudiera verse más satisfecha con el trabajo y ponerme manos a la obra con las cosas que de verdad me hacen sentir bien y me permiten crecer, principalmente como ser humano.

Desde ese instante, una gran paz me inundó y los siguientes acontecimientos fluyeron maravillosamente. En la actualidad, tal vez no tenga una situación económica envidiable, pero sí tengo una serenidad y autosatisfacción enormes, porque sé que hice lo correcto para mí y los míos. A veces, el dinero no lo es todo.

 

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