¡Emociones fuera!

Cuando uno empieza a dar sus primeros pasos en el mundo de la espiritualidad, de las primeras cosas que aprende es que las emociones son estados alterados que debemos aprender a controlar y eliminar, con el loable objetivo de hacer desaparecer el sufrimiento de nuestras vidas.

Luego, la cosa se complica cuando se nos informa de que debemos distinguir entre emociones positivas, como la felicidad o el placer, y las emociones negativas, como el miedo o la agresividad, y que el sufrimiento encuentra su origen en todas ellas por igual ya que, según antiguas tradiciones como el Budismo, mientras el dolor forma parte de la experiencia de la vida y podemos aprender de él, el sufrimiento no es más que un producto del ego, de la mente, y siempre es optativo.

Por otro lado, pensamientos y emociones caminan de la mano como buenos hermanos, ayudándose mutuamente a crecer, al tiempo que van dominando nuestra voluntad y haciéndose nuestros amos y señores. Es decir, que el dominio de la mente y de las emociones nos permite alcanzar el equilibrio y la paz interior, incluso la iluminación, sin importar las circunstancias felices o dolorosas que nos rodeen.

En este sentido, hace unos años mi vida parecía prosperar económica y socialmente, pero una vocecilla interior me cortó la fiesta al susurrarme “nada es tan bueno ni tan malo”. Parece una frase casi infantil, pero me hizo echar el freno y cancelar los fuegos artificiales. Todo indicaba que debía sentirme feliz, exultante, pero dominé esas emociones y, con el tiempo, fui descubriendo que no era oro todo lo que relucía.

Fue entonces cuando mis emociones se esforzaron por hacerme caer en picado hacia la decepción, la rabia y el desánimo, pero esa frase siguió acompañándome en silencio y permitió que mi punto de vista fuera lo bastante desapegado como para que determinadas situaciones, que en otros momentos me hubieran enganchado al sufrimiento como a la droga más dura, apenas hicieran mella en mi ánimo.

Tiempo después, aprendida la lección y superado el miedo de turno (a saber, el miedo a caer al vacío y no tener punto de apoyo para salir a flote y seguir respirando), surgió una nueva y desagradable situación que, sin embargo, sirvió de catapulta para hacer efectiva una decisión que tenía tomada desde hacía tiempo pero que hasta entonces no había sido capaz de llevar a cabo.

Por aquel entonces, hacía bastante tiempo que yo no meditaba ni realizaba actividades relacionadas con la espiritualidad, pero las experiencias vitales y mi alma fueron las Maestras que necesitaba para dar ese salto en mi conciencia, iluminándome una vez más y haciéndome saber que da igual las creencias que tengamos o el camino que escojamos, porque el alma de cada uno de nosotros sabe muy bien el camino que ha de recorrer y siempre tiene más de una alternativa, lista para llevarnos a nuestro destino.

Foto: Marina Segovia Martín

 

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