La princesa que quería ser “otra cosa” (3/3)

La princesa caviló unos instantes sobre las palabras del árbol y, acto seguido, le preguntó: “¿y por qué sólo te oigo a ti? Si es como dices, debería poder escuchar a otros árboles, plantas o animales y no es así.” El árbol le respondió con dulzura: “porque así lo has querido tú; si quisieras, podrías escuchar a todos los seres que te rodean, podrías comprenderlos y aprender mucho de ellos; me parece que aún tienes mucho que aprender…”
“¡Que aún me queda mucho por aprender! Has de saber”, dijo la princesa al árbol, “que me han educado los mejores maestros, como corresponde a alguien de mi rango.” El orgullo de la princesa estaba herido, pero cuando el árbol le preguntó el motivo por el que no se encontraba en su castillo, el lugar al que pertenecía, su ánimo se entristeció, bajó la mirada y dijo, casi en un susurro “porque no quiero ser una princesa; yo quiero ser… ¡otra cosa!”
Y así, conversando con su nuevo amigo, el árbol, la princesa descubrió que, ni cumplía con sus funciones de princesa porque no le gustaban, ni hacía las cosas que más le gustaban porque no se sentía capaz de decidirse por una de ellas. Y fue entonces cuando el árbol le hizo una pregunta que le sorprendió: “¿y nunca te has parado a pensar por qué eres princesa y no otra cosa?” La princesa se paró a meditar sobre ello y, al rato, se percató de que, cuando no estaba quejándose, sí hacía algunas cosas que le gustaban y que eran útiles. Por ejemplo, descubrió que era buena organizando eventos, supliendo a su padre (el rey) cuando las circunstancias le impedían atender algunos de sus cometidos, o interpretando hermosas piezas musicales.
Poco a poco empezó a valorar su papel de princesa y se dio cuenta de que, tanto por su educación como por sus cualidades, nadie en el mundo podría cumplirlo como ella. Al poco, sintió como si un gran peso se le quitará de encima y, al contárselo al árbol, éste la animó a volver cuanto antes al castillo: “y haz aquello para lo que has nacido, pero desde esta nueva conciencia que te hace saber lo que debes hacer, por qué y para qué”.
La princesa, feliz por su descubrimiento, se despidió de su amigo el árbol y se puso en marcha, de vuelta a su castillo, no son antes prometedor que volvería de vez en cuando a verle y que trabajaría para comunicarse con otros seres igual que lo había hecho con él.
Desde entonces, la princesa fue feliz pues había descubierto su propósito en la vida y nunca más deseó ser “otra cosa.”

 

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