La princesa que quería ser “otra cosa” (1/3)

Había una vez una princesa que siempre se quejaba de su destino. Consideraba que ser una princesa era lo más aburrido de este mundo y que no tenía ventaja alguna: no podía disfrutar de la libertad que deseaba, por ejemplo, para salir al campo y montar a caballo como un chico, ni para ir al mercado a comprarse bonitos vestidos como cualquier chica.

La princesa disfrutaba añadiendo cosas a su “lista de cosas que no puedo hacer por ser princesa”, si bien luego se limitaba a mirarla durante horas y a lamentarse ante cualquier incauto que, sin saberlo, se acercaba a ella y le preguntaba por la dichosa lista.

Una noche que los guardias de la puerta del castillo tenían mucho trabajo con motivo de la fiesta que el rey daba para celebrar su cumpleaños, la princesa, harta de su situación, aprovechó el revuelo y se escapó del castillo. Pero, llevada de su impulsividad, no pensó en lo que podría necesitar en su aventura, como víveres o un caballo. Para cuando quiso darse cuenta, el alba comenzaba a teñir de dorado el horizonte y se había alejado considerablemente de su hogar.

Lejos de lamentarse, la princesa se dijo a sí misma “da igual, no tendré problemas porque sólo las princesas los tienen, ¡y yo ya no soy una princesa!”. Con estos ánimos, continuó caminando hasta que, poco después, divisó un enorme lago junto al que nacía un bosque y pensó “¡Qué bien, en este lago podré saciar la sed y seguro que encuentro algo que comer!” Pero el único camino le obligaba a atravesar el bosque, así que apretó el paso, animada por las buenas perspectivas que tenía por delante.

Al entrar en el bosque, comprobó que la vegetación era más frondosa de lo que le había parecido en un primer momento y le dificultaba el avance. Apunto estaba de rendirse cuando vio cómo una ardilla trepaba por el tronco de un árbol y se desplazaba saltando de rama en rama así que, no corta no perezosa, se acercó al árbol que tenía más cerca y comenzó a trepar por su tronco. De repente, escuchó una risa y paró para escuchar con más atención, pero el sonido cesó al mismo tiempo. Reanudó el ascenso y, al mismo tiempo, lo hicieron las risas.

La princesa, cuya fértil imaginación le empezaba a jugar una mala pasada, trató de disimular su miedo y gritó: “¿quién anda ahí? ¿quién se está riendo de mí?”

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